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«Enseñar es hacer nidos», por Cristina Castello

Publié le par Cristina Castello

012 petite         

«Y los árboles y la noche no se mueven  

                                                           sino desde los nidos» (G. Ungaretti)

 

Los nidos respingan tormentas y abrasan inviernos.

Los nidos germinan plurales y labran «nosotros».

«Nosotros» es música adagio, adagio y allegro o allegro con fuoco.

«Nosotros» es música de ellos y ellas: «los chicos», clamor por justicia.

Enseñar es hacer nidos.

Los amé, los amo tanto.

90 alumnos1, me dijeron entonces. 

90 almas, sentí. Tenían 18, 20, 22 años, algunos, mi edad...

Y siempre que enseñé, fue universo nido.

Pero estas 90 almas, ojos con preguntas, fueron más intensidad que mi siempre ardor.

Hice trampas y sabían. Les sembré poesía. Y tomaron la antorcha.

Les enseñé «la entrevista periodística»; y les di lo que tengo para dar. Todo lo mío. Para que ayudemos a un mundo sin amos ni esclavos; para días suyos con luciérnagas.

Los agobié con «persistencia y dedicación»; y con que «talento sólo no alcanza».

Pero tiré todas las semillas de poesía y fraternidades que mi alforja abriga.

Y las 90 almas también me sembraron. De ojos hambrientos de luz.

De su ampararse en mí, para ampararme. De sus sondeos al Absoluto. Luchamos por utopías idénticas. Dije utopías,  no utopismos.

Y la mística de creer y crear para un mundo humano, cortó distancias de generaciones.

Terminada la clase, vinito en el bar y al día siguiente y al otro y al otro, en el bar, en clase, en mi casa. Vernos. Estudiaban, aprendían, soñaban, luchaban. Indagaban la vida. Hacían barriletes con ella, los remontaban y apresaban.

Y yo. La vida me latía en mí y en ellos. Y los veía crecer.

Descansamos en confianza.

Los árboles y las hojas danzaban, desde los nidos.

Una noche Mario Schiarolli no fue a una clase mía y supe que era grave.

Desperté al nido. Y todos y todas como guardia de ángeles, llegaron a él.

Un segundo antes.

Entonces, el hospital y turnos para acompañarlo; y Sergio, que transmutó en contrabandista; y con chocolatines para enfermeros, nos franqueaba la puerta de la terapia intensiva, helada.

Y Mario enrejado tras tubos. Pero en nido. La dicha se puede aún en horror, cuando el amor alumbra.

Lo cuidamos, cobijamos, amamos; le dije poemas y que «al salir volaba el vuelo».

Mario, vida difícil y siempre lágrimas de ojos sin llanto, mejoró. Y primavereaba.

Murió de pronto.

Ya no volaba el vuelo.

Y adagio en desierto. Y hasta hoy, soplo ausente de presencia viva.

Diez años, ya.

90 almas entonces.

89 almas hoy son profesionales, padres, madres, novios. Bondades.

Y «nosotros» es de pronto y todavía: «Cris, me caso y vení»; «Cris, te equivocás»; «Cris, ¿cómo era el poema de...?»; «Cris, no quiero que seas fuerte»; «Cris, tengo un problema ético»; «Cris, lo que nos dijiste ya no va...los medios no quieren verdades»; «¡Crissss....es una urgencia y te necesito¡ ... ¿Cómo hacíamos la caipiroska?». «Cris, Cris, Cris....»

Y siempre la mística y el amor que son lo mismo y son Gracia.

Los amé, los amo tanto.

Y siempre el nido.

Que respinga tormentas, abrasa inviernos y gruñe intemperies.

Y el abrazo siempre

10 años, ya.

Miro el cielo y veo espejo.

Por tumulto de árboles y hojas.

Que se mueven desde sus

Nidos.

 

1) Di clases en TEA. Taller Escuela Agencia. Carrera de periodismo. Mi cátedra, «La entrevista periodística», en dos períodos, allí. Después, hice talleres, seguí enseñando; y seguiré. El relato anterior, corresponde al año 1991 de mi ejercicio de la docencia. Seguí dando clases de manera particular. Hoy, en París —octubre de 2007— siento lo mismo: los amé, los amo tanto.

 

 

   

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